viernes, 28 de diciembre de 2012

El canto de la sangre



Nos reunimos en el Oriente, aquí donde habita el agua que lo sueña todo. En la noche de los tiempos movemos las hojas que cubren el suelo, para extender sobre la tierra de la selva una mesa. A cada uno de los nueve señores de la noche le llenamos su jícara con agua de maíz, les encendemos una vela y el humo del copal levanta sus nombres por las esquinas y rincones del mundo. El agua y el fuego purifican las nueve oquedades de cada uno de nosotros y  así invocamos a la luz. De luz, energía vibrante nos alimentamos, de esta misma se forma nuestro cuerpo. La serpiente del cacao nos regala el polvo que las estrellas cantan, del manantial del linaje ancestral llega el agua encendida que se mezcla con este alimento y reconstituye los tejidos que dan contención a la luz en nuestro cuerpo. Estamos empapados de agua y fuego, pero no nos desbaratamos, seguimos agradeciendo.
Somos por un instante personajes en los cuales la luz experimenta este mundo que se renueva. En la sangre que fluye por los ríos de nuestro cuerpo llevamos el canto del agua y el fuego, somos flautas y cerbatanas, cañas huecas por donde viajan  y retoñan el cielo y la tierra.
Volamos al Norte, vamos saludando a los volcanes que cantan la leyenda conforme el amanecer se anuncia y penetra todas las formas. Norte donde el regazo de la tierra extiende un lecho de valles y sierras en donde descansa la energía, parece que el oleaje ha quedado retratado en este rumbo entre una exhalación y la inhalación en donde todo se reconcilia, se reconoce uno.
Los osos con toda tranquilidad van repartiendo medicina por las calles, oportunos mensajeros. Las ardillas, guardianas del fuego, exhiben los colores del invierno en su pelaje y se estremecen apenas ante el parpadeo de los humanos que se aventuran a reconocerse en las estrellas abiertas.
Plumas de guacamaya mantienen el tabaco encendido y sin consumirse desde las lagunas donde habitan los hombres verdaderos, completos, hasta las huastecas centros ceremoniales donde se levantan los ancestros como piedras enormes.
Y relajados comenzamos a respirar un nuevo amanecer, meciéndonos en una hamaca tejida de sedoso algodón de plena confianza.

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