lunes, 6 de enero de 2014

En su regazo

Abuelo fuego
Se olvida de agradecer. La ofrenda la guarda para si, no la quiere entregar. Sus ojos irritados miran a sus hermanos con envidia, les roba todo lo que puede pensando que es injusto que los demás gocen, además los insulta, los golpea. Habla palabras de odio, no puede parar de mentir, de acusar a "los demás" de eso que está haciendo y que a cada momento empeora su enfermedad. Con cada acción egoísta se siente
peor.
Y esta confusión se contagia a otros. Al ensuciar el agua o desviar su curso para "beneficiarse" su sangre se enferma, su pensamiento y cuerpo se secan.
Al desmontar los terrenos sin necesidad se derrumban los cerros y los huesos de la humanidad se tuercen. Sin darse cuenta los enfermos están terriblemente incómodos por dejar de agradecer, se sienten muy mal por querer cambiar todo sin observar, sin meditar. Los niños están asustados. La bisabuela, la tierra más antigua, enfurece, es ahora un ser aterrador que se sacude derrumbando con violencia las montañas, se abre en abismos que devoran a los brotes tiernos de vida. Todo parece amenazante. Adentro y afuera. Ya casi nadie alimenta al fuego, no se le atiende, solo se hablan en frente de él palabras de odio y quejas; el tabaco silvestre, oído de la tierra también se llena de ese mal decir.
La medicina es arrancada, profanada y se consume sin respeto a la vida, hasta enfermar, hasta reventar.

El fuego bisabuelo, enfurecido, golpea a la bisabuela, la derrite, transforma su rostro y sus entrañas, convierte en cenizas a los nietos. Donde hubo silencio los ensordecedores lamentos multiplican el sufrimiento y la confusión, el viento lleva esta locura a todas partes, el agua se levanta, desaparece, azota y arrastra lo que encuentra a su paso. Luego se estanca, se pudre.
El dolor de los demás, aunque nadie puede reconocerlo por ahora, a cada uno le duele hasta no poder soportar más pero parece que nadie quiere parar. La sangre arde, irrita, y todos llevamos la misma sangre. El viento descontrolado nos enloquece, y todos respiramos el mismo aire, no hay manera de huir.
Pero la semilla que habita en el corazón, reconoce que este es el tiempo, así, en medio del caos decide morir y su piel se abre.

Entonces la bisabuela recuerda una posibilidad, se aquieta y se repliega haciéndose un ovillo en su propio regazo, como un invierno.
Como medianoche. Todos los rostros de mujer se vuelven un disco de piedra grabada por el amor y ahí todos los rostros de hombre se unen en el fuego y al fin se asienta. Como un verano próspero, como mediodía. El viento se apacigua y otra vez el calor de la percepción vuelve a una danza serena, viva pero estable. Flotando sobre ese disco abuela, en las aguas del mar de energía el abuelo fuego comienza a contar la leyenda.
La humanidad se da cuenta de que está soñando pero ahora está despierta. Se pide perdón y se abraza a todo lo que aún se siente lastimado. Se ofrenda, se habla, se hace silencio. Nos volvemos a mirar en todo.
Saliendo de sí, de donde todo es uno, todo junto en un murmullo, va a peregrinar un sueño. Un camino de misterios para buscar una flor azul, para buscarse a si misma y saber que una herida o un rezo florecen en la propia esencia. No hay un punto de partida, ni camino plano o accidentado, ni recompensa, estamos aquí.
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Imagen: Abuelo fuego.
Lumholtz, Carl, El arte simbólico y decorativo de los huicholes

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