lunes, 26 de mayo de 2014

Cazadores de luz (tercera parte)



Es tiempo de desplegar la primera red. El joven cazador mira a sus compañeros y mientras el sol se oculta cuelgan la red de la primera estrella que aparece en el cielo y otra parte de la montaña. Cuando la trampa está bien extendida, va cayendo en ella los ancestros: los que viven dentro de la tierra y en nuestros huesos. Los que vuelan y viven en el cielo, el viento, el venado en todas sus formas. También en la red están cautivos los nietos: Esos que discuten por los ojos de agua, los pozos, las vetas color de luna y sol que forman hilos de vida y señalan las rutas de peregrinación. Esos que ya no se acuerdan de cuidar los bosques y mares. Pero que piden por la salud de los más pequeños y por que venga la lluvia para tener alimento.
Y así, todos amontonados en una red no les queda otra que escucharse los unos a los otros.
Cuando un racimo pequeño de estrellas brilla en lo alto, la red se suelta y todos quedan libres de seguir su camino, de pensar y soñar, pero la esencia de cada uno ha empapado a las de los demás. Ya tienen una idea de cómo se ve el mundo desde otros puntos. Estrellas y sereno les acompañan en sus reflexiones.
El cazador entonces guarda, con la ayuda de todo el grupo la red y saca las flechas, el copal y los colores. Las reparten, sacan también los cuencos y ponen todo en el altar esperando al amanecer.

Continuará

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