viernes, 1 de julio de 2011

El venadeo





Negra y fría era la mañana en todo Xatsitsarie. Así llamaron a este lugar Tatutsima y Tateteima. Hacía rato que el lucero había salido, pero aún la oscuridad y el silencio imperaban sobre la población; los árboles estaban sin moverse, los perros no se oían ladrar, los gallos que nunca dejan de gritar no se oían por ningún lado, tal vez por temor a la lluvia. Todavía volaban de un lado a otro unos que otros pexatsi, casi rozando el suelo y sin dejar de batir sus alas, que iban depositando la oscuridad del anochecer sobre todas las cosas.
 De vez en cuando unos relampagueos se alcanzaban a ver a los lejos, y era entonces cuando los cerros y horizontes se dejaban apreciar. Para el rumbo de tukipa se veía también una sola lucecita en ningún otro lado se veía luz más que ahí. La luz venía desde el interior del tuki, ahí en el suelo estaban ardiendo gruesos y largos kɨpieri; éstos ya estaban por terminar de arder, pero todavía estaba el fuego rodeado de cinco hombres y el mara’akame ya había caminado varias veces al rededor de ellos y del fuego. Ahora ya estaba dando la última vuelta, por eso las esposas de los cinco hombres, en compañía de la demás gente presente, rezaban por última vez. El mara’akame limpió con su muwieri la cara y cabeza de los cinco hombres y sus esposas. Finalmente se dio a la tarea de caminar en sentido contrario al que antes llevaban, con esa acción estaba ya desenredando a todos los presentes. Una vez que la ceremonia se dio por terminada, los cinco hombres partieron en ayunas.

—Pero, ¿por qué van tan rápido? —había dicho Taxawime a sus compañeros—. Mejor vámonos despacio, sirve que cuando ya esté bien amanecido lleguemos al otro lado de las montañas.
—Es mejor que lleguemos a oscuras— fue lo último que les alcanzó a escuchar.
            Sólo eso le habían respondido y nunca más los volvió a escuchar de una manera real.
No le quedó más que caminar por la subida tras de sus compañeros. Se daba cuenta cuando sus compañeros tropezaban en las piedras y para mantenerse en pie tenían que apoyarse con sus rifles contra el suelo. En la fila iban todos siguiendo un camino borroso, por eso sus ojos estaban clavados en la tierra.
Llegaron a la cima de la sierra y todavía estaba oscuro. Y así tuvieron que caminar de bajada, aumentando su velocidad. Mientras tanto Taxawime quedó un poco rezagado porque iba reparando las correas de su huarache, pero no dejaba de caminar a pesar de los tropezones seguidos y de los piquetes de piedras, espinas y palos.
Ni él mismo sabía por dónde iba caminando, lo único que sabía era que se encontraba con mucho naaná, con mucho viento frío y que la oscuridad iba en aumento. Seguía caminando con su morral al hombro donde traía flechas, jícaras, vela, tumari  y peyote; además llevaba en hombros bule y rifle. Pero ya no podía ver ni detectar las huellas de sus compañeros.
Llegó un momento en que ya no veía ni escuchaba a sus compañeros. Con un pie descalzo caminaba por donde ya no había camino.
El cansancio que ya lo había atacado por todos lados, lo hizo reflexionar sobre muchas cosas. “Compañeros, vamos caminando despacio, el año pasado yo me di la vuelta en vano, por eso ahora no quisiera caminar más para no regresar sin nada, con que nos comisionemos y recemos en Mayetakɨya ya es suficiente. En ese lugar ya podemos encontrar nuestro muwieri.”
Ya el cansancio lo había dominado de pies a cabeza, y sólo podía caminar lento y con una respiración precipitada; al poco rato se dejó caer justo al pie de un pino alto. Ahí permaneció sentado. “Yo pienso que no es para tanto”, dijo y se empinó el bule de agua; “el año pasado no me pasó absolutamente nada. Yo pienso que no es cierto eso de que a uno lo castiguen los dioses, es más, mucha gente vive tan tranquilo que ni piensa en el castigo”. Pensando esto comenzó a gritar “Yualawimeeeee, Tuxameeeee, Tsinawimeeeee, Taɨrawimeeeee, ¿dónde andan que no los veo ni los oigo?, ya vámonos a casa”. Así se la pasó gritando por mucho rato.
“Allá ustedes si quieren sufrir”, diciendo esto, sacó de su morral tacos de tortillas y empezó a comer. Mojado de sudor como estaba, al dejar de caminar se estaba quedando adolorido. Temblaba de frío. Todos los árboles se movían y rugían por tanto viento; los truenos y los relámpagos llegaban todavía de lejos, pero las nubes negras y frías ya estaban presentes en el cielo. Ya hacía rato que su pie se le había enfriado y por eso no aguantaba el dolor, es que la piedras, espinas y palos eran los culpables de ese intenso dolor, por eso él no despegaba la vista de su pie. “Pero si apenas le había puesto correas buenas a mis huaraches, cómo es que pudieron reventarse”, pensaba.
Él apenas había alcanzado a llegar al arroyo de Mayetakɨya. Ahí fue donde se acabó su lonche, y ya no podía levantarse. Ahí fue también donde sus ojos se le cerraron de sueño y de cansancio. Al poco rato se fue de espaldas y quedó con las rodillas paradas, y ya ni siquiera se pudo acordar de aquel frío helado.
Despertó con mucho frío y con las manos cruzadas. Ya había amanecido. Giró la vista a su alrededor. “¡Qué es lo que está pasando! ¿Qué no iba a oscurecer apenas?” Pensó y nuevamente se talló los ojos. Como rayo se puso de pie y comenzó a escuchar voces raras que venían de todos lados; escuchaba la voz y toses de sus compañeros, al rato le parecía ver las huellas de ellos.
“Aquí va a ser el lugar donde nos pongamos de acuerdo hacia dónde vamos a cazar; aquí vamos a poner sus jícaras, sus flechas, el peyote que siempre está presente también aquí se lo traemos; a través de estas ofrendas fortalecerán su vida, y así nunca nos abandonen ni nosotros a ustedes, puesto que la vida de ustedes consiste en que nosotros no dejemos de ofrecerles agua y su comida que vienen representadas por estas cosas que estamos depositando aquí. Con todo ello esperamos que nos limpien de nuestros pecados y una vez purificados aparecerá, con el poder de ustedes, el muwieri de ustedes y con él estaremos nuevamente fortificando la vida de ustedes... Que todo nos salga bien, que no tropecemos con obstáculos y que todos regresemos a casa con salud y vida.”
Rápido y muy cerca de él pasaban y cruzaban sus compañeros, todos le hablaban y él les contestaba.
Lento y con algo de paciencia trataba de reflexionar lo que, durante la noche, el mara’akame había narrado para que ellos actuaran así. Para eso Tawewiekame ya se hallaba alto. Las indicaciones habían sido que mientras Tawewiekame se hallara oculto en la oscuridad o entre las nubes, los cazadores tenían que llegar hasta Muyetɨrani. Esas eran las indicaciones que había recibido Taxawime, y que por eso Tawewiekame se iba a tardar un poco en salir para darles oportunidad a que llegaran bien.
Eso lo tuvo que entender tarde, por eso ahora se disponía a caminar con todas sus cosas al hombro: flechas, jícaras y hikuri; y así fue como se vino corriendo por todo el arroyo, porque todavía estaba oscuro por los montones de árboles y por eso prefería correr por ahí. Y porque río abajo era de donde parecían venir las voces de sus compañeros, por eso para allá mismo se dirigía corriendo, brincándose los arroyos angostos y entre continuos tropezones. Quién sabe cuántas cosas traía en la cabeza, que en parte por eso iba corriendo como loco, y por otra porque oía de cerca la voz de Tawawiekame que decía: “Yo pienso que no se vale que nos engañemos unos a otros, primero porque él fue quien se comprometió a cumplir con nosotros, segundo porque no estamos para apoyar a los incumplidos”. Así oía que decía Tawawiekame.
Las cosas que llevaba las iba regando por el camino, y fue entonces cuando se sintió más ágil, por eso su velocidad había aumentado y no dejaba de gritar a sus compañeros “¿Dónde andan?, yo también quiero ir con ustedes, espérenme.”
Quién sabe dónde y cuándo se le habría caído el otro huarache. El caso es que cuando notó que llevaba un pie descalzo ya lo tenía hinchado y lleno de sangre. El gran esfuerzo que estaba realizando era para cumplir con lo que había oído del mara’akame, sólo que lo que estaba haciendo ya era en presencia de Tawawiekame.
Casi arrastrándose llegó hasta el mirador y desde ahí miró hacia abajo. Allá en la profundidad se veían sus compañeros tomando posiciones para cazar venado. Allá era Muyetɨrani, donde anida el calor y donde abundan los venados. “Pues a ver con qué suerte corro, si no encuentro a mis compañeros pues ya ni modo, la lucha voy a hacer, y si no que aquí termine mi vida. De todas formas voy a hacer el último intento, voy a bajar a Muyetɨrani”. Diciendo esto se fue por la bajada.
Rodando y como pudo llegó a Muyetɨrani; los ruidos que venían de todos lados lo distraían a cada rato. “¿Lo que oigo serán mis muwierima?”, se preguntaba a sí mismo. Se esculcó para prepararse y disparar contra lo que oía, pero ya no traía su rifle; quiso empezar con piedras pero tampoco había piedras, las que quería alcanzar estaban demasiado lejos. Al tratar de levantar una azotó contra el suelo apenas en el segundo paso, ya no podía levantar sus propios pies, los tenía muy hinchados.
Estando tirado en el suelo comenzó a oír muchas cosas raras. Sentía que caminaban cerca de él cuatro venados gordos llenos de vida con astas muy desarrolladas. Oyó los ruidajos de hojas secas y vio que en torno a Tatewari se daban cita infinidad de gentes. Aquella reunión estaba encabezada por Tsaurixika Tsaurixika y por Tatari. Ellos estaban en plena ceremonia porque tenían reunidos a cuatro venados recién traídos de Tɨranita. Por eso, los cazadores Yualawime, Tsinawime, Tuxame y Taɨrawime tenían sus caras simbólicamente pintadas con las plumas mágicas del mara’akame. Los cazadores, estaban tomando como trofeo el pelo y la sangre de los venados para depositarlos en jícaras que traían las esposas, para luego llevarlas a casa. Por última vez los cazadores rezaron sin bajar sus manos sobre el cuerpo de los sagrados dioses venados: “Perdónenos, no piensen que esto fue iniciativa nuestra, sino que actuamos por órdenes de Tawewiekame, por ahora descanse en paz...” De esta manera se despidieron de ellos, y todos se retiraban untándoles tumari y su ‘uxa por todo el cuerpo de los dioses venados. Todo lo que traían en sus morrales lo llenaron de sangre y por eso ya estaban sagrados: flechas, jícaras, votivas estaban bañadas en sangre; de la misma forma también estaban tumari y peyote.
“Con esto hemos abierto para que los demás tukis de las orillas y que dependen de éste, puedan ya realizar esta misma ceremonia; así que nada más faltarían los tukis de las orillas. Y hasta que llegue el quinto día, nuevamente nos reuniremos para despedir bien a nuestro buen compañero Taxawime, por el lamentable percance sufrido en Tɨranita, y así pueda él descansar mejor al lado de sus dioses con lo que ofrezcamos de comida.” Así el mara’akame se despedía de su gente. Taxawime nunca más pudo regresar de Muyetɨrani, allá quedó su cuerpo . Cinco días después, tal como lo había indicado el mara’akame, Taxawime fue purificado de su alma. De esta forma fue como ya pudo vivir al lado de sus compañeros dioses: Yualawime, Tsinawimw, Tuxame, Taɨlawime. Todos ellos son Tatei Niwetsika, y se prepresentan como persona maíz, como persona peyote y como persona venado. Todos ellos, por haber pasado por circunstancias tan delicadas y tan peligrosas, se merecen ahora estar siempre presentes en la cacería del Dios-Venado.

Hikuri: peyote.
Kɨpieri: leños gruesos que sirven para quemarse en las ceremonias.
Mara’akame: Sacerdote de las fiestas y curandero tradicional.
Muwieri: plumas mágicas con las que el mara’akame adquiere fuerza y poder para curar, rezar y comunicarse con los dioses. También se le llama al venado cuando se hacen pronunciamientos religiosos.
Muwierima: los dioses venados.
Muyetɨrani: lugar sagrado de los venados en el que los cazadores deben encontrar su muwieri. El muwieri deseado será el que los mismos dioses y el mara’akame, hayan elegido durante la noche.
Naaná: guías terrestres y aéreas que abundan en zonas boscosas.
Pexatsi: especie de murciélago que hace vuelos rasos en las tardes.
Tatari: el que se sienta al lado de Tsaurixika en las ceremonias y lo ayuda a cantar.
Tawewiekame: “nuestro creador”, nombre con el que el conejo bautizó al sol.
Taxawime: este nombre alude al maís amarillo.
Tɨranita: nombre de lugar que significa “lugar de mucha vegetación”.
Tsaurixika: nombre del mara’akame en el lenguaje religioso.
Tuki: templo mayor huichol.
Tukipa: lugar donde está el templo mayor.

Fuente:
Pacheco, Gabriel. Tatei Yurienaka y otros cuentos huicholes, México, Conaculta - Diana, 1994.


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