miércoles, 19 de octubre de 2011

La cosecha


Tepu

México Desconocido. Karl Lumholtz.

Cuando en el coamil el venado ya tiene forma de elotes, se recogen algunos -las primicias- y se reune a la familia para cantarle a la tierra por el sustento y por los niños que nos bendicen con su compañía. El primer cantador, el abuelo fuego, se enciende. El cantador que es su aprendiz se sienta ante un tronco ahuecado que tiene la piel de un venado extendida sobre su boca, un ocote prendido debajo para estirar la piel, cempaxúchiles alrededor. Del tambor sale una cuerda hacia el altar en donde hay un ojo de dios, una puerta abierta para el viaje. Los que viajan son las niñitas y los niñitos. Sus almas tan ligeras como mariposas, como colibríes, como abejitas van a recorrer el camino de la leyenda... hasta llegar al Cerro del Amanecer.

Para cada niño se ha tejido un ojo de dios y se ha hecho una sonaja, una vela y una jícara con la imagen de su familia: el águila en lo alto, su papá, su mamá y el niño. Así como dice Niwetsika. Las abejas, quienes traen y llevan mensajes de nuestro padre el sol, no han dejado de trabajar desde que ahuecaron un árbol y le mostraron a los hombres que, además de convertirse en colmena, el árbol canta.

El cantador toca el tambor, las sonajas se acercan porque todos debemos ser un mismo corazón. Un tiempo.

Y entonces nos dan ganas de llorar porque en ese cordón, el que va del tepu árbol que canta, al altar, flores de cempaxúchil y nubes de algodón empiezan a desplazarse, y las sonajas suenan, en las manos de las madres o de los mismos niños. Algunas mamás al ir llevando las almas de sus hijitos en el viaje pueden ver desde el cielo los lugares sagrados que se van nombrando en el canto. Los niños conocen así a los ancestros que se fueron realizando como manantiales, cuevas y cerros desde la primera peregrinación, cuando estaba nuevo este mundo. Más tarde, con suerte algunos caminaran con sus pies este camino hacia el jardín de flores y la montaña de nuestra madre la joven águila. En cinco tiempos, danzando y gozando llegan al Quemado, ahí nos quedamos un ratito, se comparten dulces y frutas, y la dulce flor que da luz a nuestra vida. Luego volaremos de regreso. Las velas se prenden en determinados momentos de ida y vuelta. Se canta agradeciendo los frutos de la tierra, niñas, niños y maíz sagrado. La continuidad del camino del venado.

Regresamos al coamil, al patio ceremonial, reconocemos todo ese territorio extenso de maravillas en donde cada piedrita y cada planta, animales y viento... todo todo es sagrado.

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