domingo, 7 de octubre de 2012

Un sueño de nubes


Este es un relato de hace mucho tiempo, cuando se acuesta la bisabuela cerquita del mar. Para sentir la brisa húmeda en su mejilla cierra los ojos y entra en algo parecido a un sueño, porque en realidad ella nunca se duerme, tampoco su esposo el fuego ancestral, aunque cabeceen o ronquen sentados en sus equipales están despiertos, aunque no los veamos, están atentos.
La bisabuela puede ver las salinas, los numerosos ríos que por encima de la tierra y debajo de ella bañan lo que ahora conocemos como Nayarit, los animales diminutos y grandes, los que vuelan, los que se arrastran y los que tienen pezuñas o garras.
También saluda a las plantas de la costa y las de los cerros altos. 
En su otra mejilla, del lado de su cuerpo que no daba directo al mar del poniente, por el brazo y la pierna ve como caminan en su ensoñación otros tantos animales y plantas llenos de sabiduría, los que corresponden al desierto. 
Entonces esa parte de la familia comienza a llamar al mar porque tiene sed y en el sueño la abuela toma hilos que le da Haramara, hilos de espuma con los cuales teje redecillas hermosas que se convierten en nubes, luego viene el viento y las lleva hasta donde se necesita agua. Está muy entretenida viendo como encima de ella van las nubecitas que ha tejido, hay también mariposas y abejas, colibríes y niñitos pequeñitos sentados en las nubes. Esos niños llevan figuras de masa, tortillas pequeñas y guajes pequeños que suenan al agitarse.
En eso suena un trueno tremendísimo, comienza a caer al agua, la bisabuela se espanta y al enderezarse, deja su cuerpo, solo se levanta su esencia.
Pero no le causa ningún apuro, ahí lo deja ya convertido en la sierra, esa que tiene selva y desierto. Los antiguos hombres y mujeres que pudieron ver el sueño de la bisabuela se ponen a dibujar las visiones en las piedras, hasta la fecha puede ver uno ahí los petroglifos.

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